lunes, 29 de septiembre de 2008

El clero científico

Hace ya algunos años, cuando mi interés y curiosidad por la ciencia me conducían a aventurarme en un penoso intento por comprender los principios de la física actual, me encontré con el siguiente comentario de Stephen W. Hawking en su muy popular libro “Historia del tiempo”:

"En el siglo XVIII, los filósofos consideraban todo el conocimiento humano, incluida la ciencia, como su campo, y discutían cuestiones como, ¿tuvo el universo un principio? Sin embargo, en los siglos XIX y XX, la ciencia se hizo demasiado técnica y matemática para ellos, y para cualquiera, excepto para unos pocos especialistas. Los filósofos redujeron tanto el ámbito de sus indagaciones que Wittgenstein, el filósofo más famoso de este siglo, dijo: "la única tarea que le queda a la filosofía es el análisis del lenguaje". ¡Que distancia desde la gran tradición filosófica de Aristóteles a Kant!(1)"... ¡¡¡que prepotencia de la ciencia frente a la filosofía!!!.

Poco sabía Stephen Hawking que Wittgenstein iba a crear nuevas ramas en su Filosofía del Sentimiento, y que el propio Hawking iba a "modificar" su teoría sobre los agujeros negros en el año 2004. Esa tremenda roca se movía, en muy poco tiempo, para bien de ambos.

Muchas personas no científicas de profesión sienten un respeto casi sacrosanto al poder y aparente certidumbre del conocimiento científico. Los libros de texto están repletos de hechos aparentemente indiscutibles. Todo esto, derivado de la creencia en la objetividad de la ciencia, la cual se asume como un dogma. Esta imagen de la ciencia es rara vez objeto de discusión por parte de los científicos mismos, tienden a asumirla implícitamente. Pocos científicos muestran suficiente interés por la filosofía, la historia o la sociología de la ciencia y se le concede muy poco espacio a estas áreas en el atiborrado programa de las carreras de formación científica. Se pretende dejar en evidencia que la filosofía no ha “seguido” el ritmo de los progresos científicos, hasta el punto que el científico que “sabe” tiene tendencia a ocupar el primer plano de la escena. La mayoría asume que puede someter experimentalmente a prueba sus teorías de un modo objetivo a salvo de cualquier contaminación de sus propias esperanzas, ideas y creencias. De cierto modo, supongo, que les gusta contemplarse como paladines de una audaz e intrépida búsqueda de la verdad. Este enfoque implica hoy en día mucho cinismo, aunque hay que reconocer la nobleza de este ideal. En tanto que el empeño del científico esté iluminado por ese espíritu heroico es digno del mayor encomio. Sin embargo, en la realidad, la mayoría se han convertido en servidores de intereses militares(2) y comerciales(3), sin un rumbo definido. El temor de verse relegados profesionalmente, el miedo al rechazo de sus artículos en las revistas doctas, a la pérdida de financiación, de subvenciones y al despido, son poderosos factores disuasivos contra la tentación de alejarse demasiado de la ortodoxia del momento, al menos en público. Muchos de ellos no se sienten lo suficientemente seguros para airear su verdadera opinión hasta que no se han jubilado o han recibido un premio Nobel, o ambas cosas.

Los científicos forman parte de sistemas sociales, económicos y políticos de envergadura; constituyen grupos profesionales con sus propios métodos iniciáticos, presiones de colegas, estructuras de poder y sistemas de recompensa. Se trabaja, por lo general, en el contexto de paradigmas o modelos de la realidad establecidos. El objeto, e inclusive los hallazgos de la investigación que se practica, se ve influenciado por las expectativas, conscientes o inconscientes, de los investigadores. Más allá de los argumentos técnicos, como el del principio de incertidumbre de Heisenberg, que algunas corrientes emplean para desdibujar la objetividad de la práctica científica(5), muchos científicos profesionales, como psicólogos, antropólogos, sociólogos, historiadores y académicos en general, son muy conscientes de que la objetividad destacada, es más un ideal que un reflejo de la práctica real.

¿Estaría la sociedad actual condenada a dividirse entre una élite de expertos y una masa de gentes crédulas, dispuestas a englobar cualquier cosa? ¿Una tiranía de los especialistas? En lo personal creo que la evolución misma de la trama social prueba que la divulgación científica de calidad opera en pro del bien y del saber colectivo. Pero se podría pensar que lo que hay es un interés práctico. Un mundo regulado por las leyes científicas es mucho menos problemático que un mundo donde los procesos están gobernados por el caos. Nietzsche(4) entiende la ilusión científica por la verdad como una manifestación de la voluntad de dominio (explotación, apropiación). Mejor que fenomenalista Nietzsche puede ser calificado de realista.

La ciencia actual desemboca en grandes cuestiones; por no citar más que una, nos vemos conducidos a reflexionar sobre la forma en que el hombre, mediante su ciencia y su técnica, transforma el mundo en el que vive, ¿cómo volver la investigación fecunda, evitando sus efectos perversos? Todas las cuestiones nos conducen a preguntas de filosofía fundamental. La ciencia no debe, a ningún precio, aniquilar la filosofía (esencia del ser humano), sino que deben contribuir a vivir imperativamente en complementariedad, en sinergia y simbiosis total entre ellas.



[1] Hawking SW. Historia del tiempo: del bing bang a los agujeros negros. 1992. Grupo Editorial Grijalbo.

[2] D’espagnat Bernard. Penser la science. 1990. Ed Dunot.

[3] Susuki D. Inventing the future: reflections on science, technology and nature. 1992. Adamantine Press.

[4] Babich B. Nietzsche’s philosophy of science. 1994. University State of New York.

5 Cromer, A. Connected Knowledge. Science, Philosophy and Education. Oxford University Press, 1997.

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